El consentimiento como eje en la violencia de género en México
Dos casos recientes en entornos académicos y laborales subrayan la urgencia de redefinir el consentimiento como un principio innegociable en el ámbito público.

La violencia de género persiste como un desafío estructural en México, donde dos casos recientes, uno en una prestigiosa institución universitaria y otro en el sector corporativo, han puesto el consentimiento al centro del debate nacional. En ambos escenarios, el abuso de poder y la vulneración de la autonomía personal se presentan como el denominador común, afectando a mujeres en espacios que deberían garantizar su integridad y desarrollo profesional.
Especialistas en derechos humanos señalan que la falta de protocolos eficaces permite que conductas abusivas se normalicen bajo esquemas de jerarquía institucional. A pesar de los avances en la legislación impulsada desde el Congreso de la Unión, la implementación de mecanismos de denuncia seguros sigue siendo una deuda pendiente para las autoridades de distintos niveles de gobierno.
Desde la Secretaría de Educación Pública y diversas instancias defensoras de derechos, se ha enfatizado que el consentimiento no es una opción, sino un requisito indispensable para cualquier interacción humana. La propuesta actual de diversas organizaciones civiles busca fortalecer las áreas de atención a la violencia de género, exigiendo que las instituciones educativas y empresas realicen capacitaciones constantes sobre límites y respeto mutuo.
La sociedad civil ha comenzado a articular redes de acompañamiento para las víctimas, ante la percepción de lentitud por parte de las fiscalías locales. La respuesta institucional ante estos hechos determinará si el sistema judicial mexicano es capaz de garantizar justicia efectiva o si la impunidad continuará siendo el principal obstáculo para erradicar estas dinámicas de poder.
El camino hacia una cultura del consentimiento implica una transformación profunda que trasciende las leyes escritas. Se requiere que tanto el sector público como el privado asuman su responsabilidad en la creación de entornos seguros donde la voz de las mujeres sea respetada sin matices ni negociaciones que pongan en duda su voluntad.


